sábado, 28 de abril de 2007

Silencio

En esa sala había silencio.
Solo silencio.
Entre esa cantidad de gente, que miraba a cualquier lugar, a un punto en el infinto... entre esa gente había silencio.
Podrían tener mil cosas en común, puede que la mujer de enfrente, esa mujer rubia de pelo corto y nariz bastante puntiaguda, compartiese intereses con el hombre corpulento que tenía al lado.
Pero entre ellos solo reinaba el silencio.
Un silencio incómodo, pues nadie tenía nada que decir a nadie de los allí presentes.
Ni siquiera esa madre que había ido a la consulta con sus dos hijos, y observaba como en silencio leían los cuentos que había a su disposición en la sala de espera. Ni siquiera ella prestaba atención a esos dos angelitos con el pelo repeinado y vestidos con una marca un tanto cara que habían ido hasta allí por su madre, que esperaba con ansia que la quitasen la escayola que curbía su mano derecha y había impedido que se pudiese manejar con facilidad durante las tres últimas semanas.
La mujer rubia, la situada al lado del hombre corpulento, tenía algo de prisa, y no paraba de bufar cada tres segundos. Bufidos que interrumpían ese silencio... Puede que fuese lo único en aquella sala que lo rompiese... además del pasar de las hojas de los niños que leían libros.
Esta mujer, que con discrección miraba su reloj al compás de sus bufidos, esperaba un veredicto del médico sobre su pie, lesionado jugando al tenis en una de las reuniones que había tenido con un posible cliente de su agencia de seguros.
En aquella sala silenciosa, había además de la madre y los dos niños, la mujer rubia y el hombre corpulento, una delgada joven que había acudido sola a la consulta.
Se apoyaba al andar en una muleta y esperaba que el médico revisase su rotura de tobillo, que la llevaba fastidiando más de quince días. El dolor se había instalado en aquel joven pie y parecía no querer marcharse.
Era probablemente la única que disfrutaba de aquel silencio.
Había acudido sola a la consulta porque sus padres se habían tenido que marchar a las reuniones con los tutores de sus otros cuatro hijos.
Acostumbrada al ir y venir y de su casa, a los llantos de sus hermanos pequeños y los caprichos de su hermana mayor, disfrutaba de aquel silencio que parecía haberse apoderado de aquella sala y que, al igual que su dolor no quería marcharse.
Ese silencio que ella añoraba y que parecía haberla sido regalada como alivio para su malestar continuo de tobillo.
Sin embargo, la secretaria del doctor entró en la sala, anunciando el propietario de un nombre al que le tocaba el turno de oír las recetas, quejas y recomendaciones del médico. Ese nombre hizo que la chica saliese de su estado de paz interior al oír que los labios de aquella mujer pronunciaban en perfecta armonía las dos sílabas que componían Ana.
La joven, acompañada de su todavía inseparable muleta, salió de la sala despidiéndose de aquel silencio al que extrañaría encontrar durante las próximas semanas.
Un silencio que fue definitivamente roto por una masculina, grave y serena voz que la preguntaba con la seguridad que poseía un doctor al hablar con sus pacientes:
-Hola Ana, ¿Cómo va ese tobillo?

jueves, 26 de abril de 2007

Perdida


Perdida, sí, me encontraba perdida. En medio de aquella gente, tan conocida pero a la vez tan lejana. Escondida en un mundo irreal donde todo era maravillosamente distinto. En mi mundo de mi fantasías, encerrada en mi cuento de hadas. Allí donde me gusta encontrar la serenidad que en mi vida diaria no encuentro. Allí donde descanso de los llantos internos que sufre mi alma. Perdida en la soledad de un mundo perdido, sin rumbo alguno. Mirando a la persona que tengo delante pero sin escuchar sus palabras, que se rompen en pedazos antes de llegar a mi oído. Pedazos que se esparcen por el mundo y se esconden bajo tierra. Estoy perdida sí, en una tierra perdida, en una tierra en la que me gusta estar, más que en el mundo real. Distante, equidistante... qué más da... Lo que quiero es alejarme del mundo real, solo un segundo, dejandome llenar por la música que baila en mi oído, que tanto me transimite, y que tanto me dice. Letras de la vida misma, letras simples o complejas que pueden llegar a decirte todo lo que tu sientes en dos, tres o cuatro minutos... Esa música que me hunden en una soledad tierna y a la que ya no extraño, pues me encuentro amenudo en ella. Rodeada de gente que se hace llamar amigo, rodeada de un mundo distinto. Alejarme de la realidad es mi más grande placer. Dejar de escuchar, desconectar... perderme entre mis pensamientos y encontrarme en soledad. Perdida en una oscuridad luminosa, en mi propia burbuja... En mi mundo, en mi propio mundo. Allí donde me encuentro cuando me pierdo, allí donde encuentro aquello de lo que carezco... Allí donde me encuentro, sí, pero también allí, donde me pierdo... Porque estoy perdida... harta de enfrentarme a una realidad que es bruta, de una vida que a pesar de que te esfuerzas por cambiarla, apenas se inmuta. Gente que te dice falsas palabras que resuenan en tu oído como bombas apunto de estallar. No sé como huir de esta realidad, solo encuentro la paz perdiéndome...

Perdiéndome entre mis sueños...

Perdiéndome para encontrarme...

Bienvenidos


Otro blog más, y el que de veras espero continuar. A todos, especialmente a Hermione y a Petoman que sé que siempre estarán ahí para leerme, gracias de verdad!!E n fin, aquí y para todos... El cajón de los sueños.