En esa sala había silencio.Solo silencio.
Entre esa cantidad de gente, que miraba a cualquier lugar, a un punto en el infinto... entre esa gente había silencio.
Podrían tener mil cosas en común, puede que la mujer de enfrente, esa mujer rubia de pelo corto y nariz bastante puntiaguda, compartiese intereses con el hombre corpulento que tenía al lado.
Pero entre ellos solo reinaba el silencio.
Un silencio incómodo, pues nadie tenía nada que decir a nadie de los allí presentes.
Ni siquiera esa madre que había ido a la consulta con sus dos hijos, y observaba como en silencio leían los cuentos que había a su disposición en la sala de espera. Ni siquiera ella prestaba atención a esos dos angelitos con el pelo repeinado y vestidos con una marca un tanto cara que habían ido hasta allí por su madre, que esperaba con ansia que la quitasen la escayola que curbía su mano derecha y había impedido que se pudiese manejar con facilidad durante las tres últimas semanas.
La mujer rubia, la situada al lado del hombre corpulento, tenía algo de prisa, y no paraba de bufar cada tres segundos. Bufidos que interrumpían ese silencio... Puede que fuese lo único en aquella sala que lo rompiese... además del pasar de las hojas de los niños que leían libros.
Esta mujer, que con discrección miraba su reloj al compás de sus bufidos, esperaba un veredicto del médico sobre su pie, lesionado jugando al tenis en una de las reuniones que había tenido con un posible cliente de su agencia de seguros.
En aquella sala silenciosa, había además de la madre y los dos niños, la mujer rubia y el hombre corpulento, una delgada joven que había acudido sola a la consulta.
Se apoyaba al andar en una muleta y esperaba que el médico revisase su rotura de tobillo, que la llevaba fastidiando más de quince días. El dolor se había instalado en aquel joven pie y parecía no querer marcharse.
Era probablemente la única que disfrutaba de aquel silencio.
Había acudido sola a la consulta porque sus padres se habían tenido que marchar a las reuniones con los tutores de sus otros cuatro hijos.
Acostumbrada al ir y venir y de su casa, a los llantos de sus hermanos pequeños y los caprichos de su hermana mayor, disfrutaba de aquel silencio que parecía haberse apoderado de aquella sala y que, al igual que su dolor no quería marcharse.
Ese silencio que ella añoraba y que parecía haberla sido regalada como alivio para su malestar continuo de tobillo.
Sin embargo, la secretaria del doctor entró en la sala, anunciando el propietario de un nombre al que le tocaba el turno de oír las recetas, quejas y recomendaciones del médico. Ese nombre hizo que la chica saliese de su estado de paz interior al oír que los labios de aquella mujer pronunciaban en perfecta armonía las dos sílabas que componían Ana.
La joven, acompañada de su todavía inseparable muleta, salió de la sala despidiéndose de aquel silencio al que extrañaría encontrar durante las próximas semanas.
Un silencio que fue definitivamente roto por una masculina, grave y serena voz que la preguntaba con la seguridad que poseía un doctor al hablar con sus pacientes:
-Hola Ana, ¿Cómo va ese tobillo?




